UNA RESPUESTA BUDISTA AL CAMBIO CLIMATICO

jueves, 17 de diciembre de 2009

Esta declaración tiene su orígen en una iniciativa inagurada con el artículo “Puede el Budismo salvar al planeta”, publicado en la edición de diciembre 2008 de la revista Buddhadharma. En éste, el profesor de budismo Zen David Tetsuun Loy y el científico Dr. John Stanley convocaron a una reunión internacional de líderes budistas para discutir acerca de la crisis ecológica que enfrenta nuestro planeta. El grupo “Tocando la Tierra” de Shambhala levantó este llamado a la acción hacia el Consejo del Sakyong, sugiriendo que Shambhala no solo se involucre en esta iniciativa sino que sea anfitrión del evento. El Consejo acogió la idea con gran entusiasmo y designó a Marty Janowitz, miembro del grupo Tocando la Tierra, como representante de Shambhala en esta iniciativa.

A continuación les presentamos una traducción de la declaración pública.

EL MOMENTO DE ACTUAR ES AHORA

Declaración budista sobre el cambio climático

Estamos viviendo un tiempo de crisis, confrontados por los desafíos mas graves que la humanidad ha enfrentado: las consecuencias ecológicas de nuestro karma colectivo. El consenso científico es abrumador: la actividad humana está generando la destrucción del medio ambiente a escala planetaria. El calentamiento global en particular está ocurriendo mucho mas rápido que lo pronosticado originalmente, lo que es mas obvio en el Polo Norte. Por cientos de miles de años el Océano Ártico ha estado cubierto por una capa de hielo tan grande como Australia, la que hoy se está derritiendo rápidamente. El pronóstico del Panel Integubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) del año 2007 decía que el ártico se vería libre de hielo veraniego para el 2100, pero ahora es probable que esto ocurra dentro de los próximos 10 a 20 años. La vasta capa de hielo de Groenlandia está también derritiéndose más rápido que lo esperado y el aumento en el nivel de los océanos será de al menos un metro durante este siglo, lo que es suficiente para inundar muchas ciudades costeras y áreas agrícolas, como por ejemplo la zona arrocera del delta del Mekong en Vietnam.

Los glaciares en todo el mundo se están retirando tan rápidamente que, si continúan las actuales políticas económicas, los glaciares de la meseta tibetana, fuente de los grandes ríos que proveen agua a billones de personas en Asia, desaparecerán dentro de 30 años. Agudas sequías y pérdida de cosechas ya están afectando a Australia y al norte de China. Los informes mas relevantes del IPCC, las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza coinciden en forma unánime en que, si no hay un cambio colectivo de esta trayectoria, la disminución en los suministros de agua, alimentos y otros recursos podrían causar hambrunas, guerras y desplazamientos masivos de población hacia la mitad de este siglo. De acuerdo al principal asesor científico del Reino Unido, esto puede comenzar a ocurrir incluso para el año 2030.

El calentamiento global juega un rol preponderante en otras crisis ecológicas, incluyendo la pérdida de muchas especies animales que comparten con nosotros esta Tierra. Los oceanógrafos informan que la mitad del dióxido de carbono liberado por el consumo de combustibles fósiles ha sido absorbido por los océanos, aumentando su acidez en 30%, lo que interrumpe la calcificación de los moluscos y las barreras de coral, amenazando el crecimiento del plankton, que es la fuente de la cadena alimenticia para casi toda la vida marina.

Eminentes biólogos e informes de las Naciones Unidas coinciden en que, de continuar esta tendencia, la mitad de las especies animales y vegetales de la Tierra se extinguirá dentro de este siglo. De esta forma, estamos violando colectivamente y a la mayor escala posible el primer precepto del budismo: “no hacer daño a los seres vivos”, sin poder predecir las consecuencias biológicas que tendrá para la vida humana la desaparición de la faz de la Tierra de tantas especies que contribuyen en forma invisible a nuestro bienestar.

Muchos científicos han concluido que la supervivencia de la civilización humana está en juego. Al llegar a esta bifurcación crítica en nuestro camino de evolución biológica y social, no ha habido en la historia un momento más importante que éste para usar los recursos del Budismo y hablar en nombre de todos los seres vivos. La Cuatro Nobles Verdades nos proveen un marco de referencia para diagnosticar la actual situación y formular las guías apropiadas para la acción. Sabemos que las amenazas y desastres que enfrentamos tienen su causa última en la mente humana, por lo tanto se requiere un cambio profundo de ella. Si el sufrimiento personal nace de los tres venenos: apego, aversión e ignorancia, lo mismo se aplica al sufrimiento que nos aflige a escala colectiva. Nuestra emergencia ecológica no es sino una versión a gran escala del perenne predicamento humano por el cual, como individuos y como especie, sufrimos de una sensación de “ser” que se percibe desconectado no solo de las demás personas sino de la Tierra misma. Como ha dicho Thich Nhat Hahn: “Estamos aquí para despertar de la ilusión de estar separados”. Tenemos que despertar y darnos cuenta que la Tierra es tanto nuestra madre como nuestro hogar y en este caso el cordón umbilical que nos une no puede ser cortado. Cuando la Tierra se enferma, nos enfermamos también nosotros, porque formamos parte de ella.

Las actuales relaciones económicas y tecnológicas con el resto de la biósfera son insustentables. Para sobrevivir a los duros cambios que tenemos por delante, nuestros estilos de vida y expectativas deben cambiar, lo que supone nuevos valores y nuevos hábitos. La enseñanza budista de que la salud del individuo y de la sociedad depende de nuestro bienestar interior y no en meros indicadores económicos nos ayuda a definir los cambios personales y sociales que debemos hacer.

A nivel individual, debemos adoptar comportamientos que aumenten día a día nuestra conciencia ecológica y reduzcan nuestra “huella de carbono”. Los que vivimos en economías avanzadas debemos mejorar y aislar nuestras viviendas para oficinas para una mayor eficiencia energética, bajar los termostatos en invierno y subirlos en verano, usar ampolletas y artefactos domésticos de alta eficiencia, desenchufar los aparatos que no estemos usando, adquirir automóviles lo mas eficientes posibles en cuanto al uso de combustible y reducir nuestro consumo de carne en favor de una dieta basada en vegetales mas amigable con el medio ambiente.

Estas actividades personales por si solas no serán suficientes para prevenir una calamidad en el futuro, también debemos hacer cambios institucionales a nivel tecnológico y económico. Se requiere que “descarbonicemos” nuestros sistemas energéticos tan rápido como sea posible reemplazando combustibles fósiles por energías renovables que son ilimitadas, benignas y armoniosas con el medio ambiente. En especial es necesario que detengamos la construcción de nuevas centrales eléctricas a carbón, ya que éste es la fuente más peligrosa y que más contribuye al CO2 atmosférico. Dado que hasta un cuarto de las emisiones mundiales de CO2 son provocadas por la deforestación, debemos detener la destrucción de los bosques y en particular del cinturón de selva tropical donde vive la mayor parte de las especies animales y vegetales.

En este momento resulta evidente que se requieren cambios significativos a la manera en que nuestro sistema económico está estructurado. El calentamiento global está íntimamente relacionado con las gigantescas cantidades de energía que nuestra industria devora para proveer los niveles de consumo que muchos de nosotros hemos aprendido a esperar. Desde una perspectiva budista, una economía sana y sustentable sería gobernada por el principio de la suficiencia, la llave a la felicidad es el contentamiento en lugar que una siempre creciente abundancia de bienes. La compulsión a consumir mas y mas es una expresión del apego, que es exactamente aquello que el Buda identificó como la causa raíz del sufrimiento.

En lugar de una economía que enfatiza el lucro y require crecimiento perpétuo para evitar el colapso, necesitamos transitar juntos hacia una economía que provea un nivel de vida satisfactorio para todos y nos permita desarrollar en forma completa nuestro potencial (incluyendo lo espiritual) en armonía con una biósfera que sostiene y nutre a todos los seres, considerando a las futuras generaciones. Si los líderes políticos son incapaces de reconocer la urgencia de esta crisis global, o no tienen la voluntad de poner el bien a largo plazo de la humanidad por sobre los cortoplacistas intereses corporativos de las empresas ligadas a la industria de los combustibles fósiles, debemos desafiarlos con campañas sostenidas de acción civil.

El Dr. James Hansen de la NASA y otros climatólogos han recientemente definido de manera muy precisa los objetivos para evitar que el calentamiento global alcance un punto crítico que nos lleva a una catástrofe. Para que la civilización humana sea sustentable, el nivel de dióxido de carbono en la atmosfera no debe superar los 350 partes por millón (ppm), lo que ha sido respaldado por el Dalai Lama junto a otros Premios Nobel y distinguidos científicos. La situación actual es particularmente preocupante considerando el hecho de que el nivel actual es ya de 387 ppm, creciendo cada año en 2 ppm. Nuestro desafío entonces no es solo reducir las emisiones de carbono sino que remover grandes cantidades de CO2 que ya están presentes en la atmósfera.

Como firmantes de esta declaración de principios budistas, reconocemos el desafío urgente del cambio climático y nos unimos al Dalai Lama en respaldar el objetivo de lograr una meta de 350 ppm de CO2. De acuerdo a las enseñanzas budistas, aceptamos nuestra responsabilidad individual y colectiva de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ello, incluyendo las acciones descritas anteriormente.

Tenemos una pequeña ventana de oportunidad para actuar, salvar a la humanidad de un desastre inminente y ayudar a la supervivencia de una gran cantidad de formas de vida hermosas y diversas. Las futuras generaciones y las otras especies que comparten la biósfera con nosotros no tienen voz para implorar nuestra compasión, sabiduría y liderazgo. Debemos escuchar su silencio. Nosotros debemos ser su voz y actuar en su nombre.

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